miércoles, mayo 23, 2007

La rebelión de la musas



Aquella noche, como tantas otras que le habían precedido, el una vez más yacía junto a la campesina. Pero el no sabía que aquella noche no iba a ser como las demás. No se había dado cuenta de que no están solos.

En el silencio de la noche, de su aliento iba poco a poco exhalando un misterioso vapor. Unos cuerpos iban formándose, esculpiendo se a partir de aquella extraña niebla. Las reconoció inmediatamente, que había pasado grandes y maravillosos momentos con aquellas vaporosas figuras. Eran sus musas, aquellas que le habían acompañado tanto en los momentos de soledad. Sin embargo, esta vez no venían contentas y graciosas como de costumbre.

No, esta vez venían con mala cara. Y es que miraban a la campesina con rencor, con envidia.

No había palabras, ellas no actuaban así. Pero sus miradas lo decían todo.

Miles de susurradas palabras venían a su mente (usurpadora, entrometida, ladrona...). Su corazón latía más rápido. El sosiego de la noche iba desapareciendo para en su cabeza comenzar una batalla de palabras recuerdos imágenes sentimientos. Caricias abrazos puestas de sol suspiros y entonces despertó. Allí estaba. Ella no era vapor. Podía morderla, podía abrazarla sin que se disolviera en el aire, podía conocerla y explorarla. Sabía o intuía que era esclavo de un encantamiento pero sus vaporosas musas no podían arrancarlo de él. Ya que el enfermo de amor, no quiere ser sanado.

¿Como habían llegado aquella isla? Los marineros estaban perplejos, todos rumoreaban sobre aquel susurro que oyeron en la anterior noche. Fue un canto de sirena, una sirena que cantaba a las estrellas.